Contador, cuando la Luz derrotó a la Oscuridad

Todo. Todos. Todo lugar. Termina.

Así se anunciaba la última temporada de la inmortal A dos metros bajo tierra, la serie que mejor ha reflexionado sobre el sentido de la vida haciéndolo, precisamente, desde la muerte. Desde la certeza de que es esa conciencia de finitud lo que determina cómo hemos de vivirla. Y ha sido así, con el inevitable final en un horizonte ya inminente, como Alberto Contador ha corrido su última carrera como profesional. Consciente de que todo, todos, todo lugar, termina. Incluso para él. Y que, puestos a elegir, mejor hacerlo con el fulgor de una supernova explotando que con el lento apagarse de una pequeña vela que se consume sobre sí misma.

Alberto Contador se ha bajado de la bici para siempre, sí, pero lo hizo brillando como en sus mejores tardes, ofreciendo un compendio de sus mayores virtudes, aquellas que le han proporcionado una legión casi infinita de incondicionales alrededor de todo el mundo. Lo hizo en mitad de un estruendoso estallido que, como toda su carrera deportiva, resonará más allá de nuestra memoria. Lo que hacemos en la vida, tiene su eco en la eternidad.

La lucha de siempre: luz contra oscuridad

La carrera deportiva de Alberto Contador tiene mucho de tragedia clásica. El héroe, el desafío, el error, el castigo, la redención… Incluso en sus mayores triunfos, cuando estaba sentado en el Trono de Hierro del ciclismo mundial y dominaba a todos con mano férrea, Contador tuvo que batallar siempre contras las fuerzas de la oscuridad. Y esta dualidad, este conflicto, tan viejo como el mundo, entre luz y oscuridad, ha sido el que ha marcado los 15 años de profesional del corredor madrileño. Tanto que incluso se puede concluir que fue en ese antagonismo desmesurado donde Contador logró brillar con más intensidad, donde encontró su hábitat natural.

Incluso antes de eclosionar de forma deslumbrante durante el Tour de Francia de 2007, Contador ya había mirado a los ojos al abismo. Y el abismo le había devuelto la mirada. Durante la Vuelta a Asturias de 2004 sufrió una caída que iba a poner de manifiesto la existencia de una lesión cerebral, un cavernoma del que fue operado de urgencia y que le marcó de por vida. No sólo físicamente (la operación le dejó un enorme costurón en la cabeza que Contador se ha negado a tapar durante años para que su visión le recuerde lo afortunado que fue), también emocionalmente. Cómo él suele repetir, aquello le hizo más fuerte, indestructible. Cuando has bailado con la muerte, nada muy terrenal puede asustarte.

Tres años más tarde se convertía en el vencedor del Tour de Francia. Para ello habían tenido que suceder dos cosas: por una parte, Contador se había revelado como uno de los mejores escaladores del pelotón internacional con una inolvidable ascensión a Plateau de Beille, donde iba a conseguir su primera victoria de etapa en la ronda gala. Por otro lado el virtual vencedor de la prueba, el danés Michael Rasmussen, había sido excluido de la carrera por su propio equipo a cuatro días del final, cuando sólo el trámite de la crono final le separaba de la gloria de París. Una sombra que se cernía sobre Contador mitigando el brillo de su triunfo. Una sombra que, aún no lo podíamos saber, iba a ser casi una constante en los siguientes años.

Porque incluso en sus días de vino y rosas, en aquel trienio mágico en el que consiguió imponerse en las 5 Grandes Vueltas en las que participó (Tours de 2007, 2009 y 2010; Giro y Vuelta de 2008), siempre hubo “algo” que convertía cada triunfo en una moneda de dos caras, en un desafío aún más mayúsculo de lo que ya de por sí era. Nada, ni siquiera la gloria, era ordinario en la vida de Contador. Cuando su equipo no era excluido del Tour (le sucedió dos veces, en 2006 y 2008), encontraba a su propio enemigo en casa o tenía que acudir al Giro como jefe de filas desde la playa. El carácter de Contador se iba forjando a golpe de maza.

Golpeado, no derribado

Hasta que llegó el 2010 y aquel asunto del positivo por clembuterol, del que se han escrito ríos de tinta y sin embargo nada parece alumbrar del todo la verdad de lo sucedido en los meses posteriores. Probablemente, después de superar su enfermedad, éste haya sido el mayor reto de su carrera: volver al máximo nivel después de una sanción que él siempre se negó a aceptar como justa.

Y cómo sucede a menudo con los momentos decisivos de la existencia de cada uno de nosotros, aquel golpe sólo podía terminar de dos formas: o tumbaba al madrileño para siempre o volvía más fuerte que nunca. Y Contador volvió. Convertido en otro corredor, si cabe más agresivo, desde luego, más consciente de sí mismo, de la trascendencia de su carrera deportiva. Pero también volvió a un ciclismo distinto, donde la irrupción del Sky empezaba a mutar la fachada de todo el edificio. Había perdido el Trono y para recuperarlo sólo le quedaba asumir el papel del guerrillero rebelde, del iconoclasta inconformista. Contador, a partir de 2012, iba a ser el abanderado de un mundo, de una concepción del ciclismo, que amenazaba con extinguirse para siempre. El último de una estirpe de campeones románticos.

La Luz gana a la Oscuridad

No volvió a reinar en Francia, algo que ha alimentado el discurso retorcido de sus detractores, armados con el trazo grueso de una sanción con demasiadas aristas y zonas oscuras deliberadamente obviadas. Porque tan cierto como que Contador no volvió a ganar el Tour tras la sanción, es que se hizo con 2 Vueltas y 2 Giros.

Enfrentado al inevitable declive físico, en las dos últimas temporadas Contador se vio obligado a reinventarse de nuevo. Lejos de resignarse y asumir un papel secundario, entendió que sólo podía hacer daño desde el caos, que sólo desarbolando las poderosas y tiránicas estructuras de sus rivales podría tener opciones de vencerles. Así, mientras Sky y Movistar principalmente, eran el paradigma de la planificación, del sometimiento a un plan único, Contador se convertía en el verso libre de un pelotón cada vez más sumiso y conformista en el que ya nadie lo arriesga todo. En el que ya nadie da un paso por el alambre si no es con red de seguridad debajo.

Así, convertido en feliz anacronismo, Contador fue conquistando a lo largo de una década algo más que el corazón de los aficionados; conquistó su alma. Convirtió la victoria en un valor relativo y demostró cuan hermosa puede llegar a ser la derrota. Fue Rey Absolutista. Fue héroe caído y redimido. Miró al abismo a los ojos y al final el abismo no fue capaz de sostenerle la mirada. Haciendo bailar su bicicleta en las rampas del Mortirolo, del Galibier o del Angliru devino en icono de ese ciclismo ya extinto primero y desde hoy, 11 de septiembre de 2017, en Leyenda.

Finalmente, la Luz se impuso a la Oscuridad.

SERGIO ESPADA

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *