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El mito de Frank Vandenbroucke

Existe una raza de corredor que echando la vista atrás no ha logrado un palmarés de una impresión excesiva. Que, sin embargo, ha gozado de fama y veneración incondicional por parte de la afición. Entre ellos entra Frank, que cautivó en sus duelos con Jalabert, Mapei y contra sí mismo. Esa estirpe sólo está al alcance de verdaderos superclase, grandes ciclistas inconstantes, con misterio detrás, con ese halo de tirano distraído.

Pocas exhibiciones se han visto en ciclismo como la que nos regaló a todos camino de Ávila en la Vuelta de 1999. Trabajo para Ullrich, ritmo de control, ataque despiadado, dejarse coger por puro capricho y violenta arrancada en la Muralla empedrada. Todo ante los gallos. Se decía que si ese estado de forma le hubiese llegado una semana antes, hubiese ganado la carrera sin mayor problema.

En aquella última semana se encontraba muy lejos en la general, tras unas etapas de montaña en las que no respondió como debía. Sí hizo una buena contrarreloj en Salamanca, luciendo un plato grande de los que no pasan desapercibidos. Camino de Teruel mostraría que su estado de gracia iba más allá de los pedales. El belga resolvió una fuga numerosa junto a Jon Odriozola. El vasco de Oñati intentó dejar al de Cofidis, pero iba a ser misión imposible. Casi sin pedalear, Frank conquistó una etapa en la que mostró tal superioridad que se empezó a comentar con lástima que no fuese más constante.

La etapa que llegaba a Guadalajara atravesaba varias sierras conquenses. En el puerto de Belvalle, a un mundo de meta, VDB citó de lejos y se quedó en cabeza con apenas los favoritos a la victoria final. Incluso alguno cedía. Jugó a las exhibiciones un día tras otro. Camino de Abantos fue uno de los fieles gregarios de Ullrich, mirando hacia atrás en todo momento cuando tenía opciones de ganar la etapa. Cuando el oro del alemán estuvo a salvo, cerca estuvo de dar alcance a Laiseka, dejando tirado a un escalador consumado como Chava como a un globero.

Le perseguía, por otro lado, la mala suerte con las compañías. Desafortunados problemas con las adicciones le llevaron poco a poco a la muerte en su habitación de hotel en Senegal. De familia desestructurada, comenzó en el ciclismo por tradición, pero fue probando diferentes deportes hasta que tras varios accidentes decidió volver a la bicicleta.

Muestra de su inestabilidad es el paso por doce equipos en apenas 16 temporadas. En el que más tiempo estuvo fue el Mapei, donde resistió cuatro temporadas. Ahí se labró su gran fama, venciendo la París-Niza de una forma magistral y obteniendo clásicas de prestigio como la Gante-Wevelgem. Le quedaría la espina del Tour de Flandes, pero no la de Lieja, carrera que se adjudicó en 1999. Además lo hizo como suele, de forma espectacular y al ataque desde lejos.

Su mito fue creciendo conforme fue desapareciendo de los titulares deportivos y fue apareciendo en los de sucesos, en escándalos de dopaje o sociales. En Bélgica seguía siendo una leyenda pese a todo, acrecentada con su repentino fallecimiento en 2009 con 34 años de edad y debido a una doble embolia pulmonar.

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