Vuelta a España 2016: El alto por el alto

Quizás cuando el 10 de septiembre del presente año los ciclistas coronen el Alto de Aitana dando por finiquitada la carrera roja, quizás entonces ciclistas, directores, organizadores, periodistas, aficionados… todos celebremos la consecución de una magnífica carrera.

Quizás las aceleraciones de “Purito”, los arreones de Valverde, la clase de Froome, el rodar de Dumoulin o las últimas balas del “Pistolero” dejen en nuestra retina un recuerdo indeleble.

Quizás entonces nosotros podamos hacer un análisis diferente al que hoy, tras la presentación del recorrido, somos capaces de hacer.

Porque que la seña de la Vuelta, según parece y pregonan sus organizadores, son los finales en alto, se puede asumir y, de hecho, se viene asumiendo.

Porque que la distancia de las etapas se vean disminuidas hasta el más extremo de los ridículos, se puede asumir y, de hecho, se viene asumiendo.

Lo que, sin embargo, no se puede asumir es la casi total ausencia de la alta montaña en una carrera de tres semanas, una de las grandes, cuando sus hermanas pueden presentar hasta seis.

Lo que no se puede asumir es el constante ninguneo a una especialidad como la contrarreloj -un mal endémico de casi todas las carreras para ser honestos- cuando se trata de carreras que siempre debe ser vencida por el hombre más fuerte y, además, el más completo.

Se puede aceptar que una carrera resulte repetitiva hasta la saciedad, si se concede la alternativa al ciclista para que, poniendo de su parte, cambie el curso de la carrera.

Se puede aceptar que una carrera de gran fondo se acabe convirtiendo en una carrera de fondo siempre que se respete la esencia de la misma.

Pero travestir un deporte y una competición que son historia de nuestro país y prostituirlos a ese amante infiel y caprichoso que es la audiencia no es de recibo. No es admisible. El ciclismo por encima de negocio -que también- es tradición, es épica, es pasión y sufrimiento, es leyenda… y se lo están pasando todo por el Arco del Triunfo.

Elementos que brillan con luz propia como la primera CRE -por fin de una distancia decente, si no tienen a mal compensar la pérdida de tiempos de algún modo, claro-, o como la etapa de Urdax -territorio comanche y con distancia de profesionales- o como la del Aubisque -una verdadera etapa de alta montaña- se oscurecen eclipsados por un contexto muy difícil de iluminar.

Que los finales en alto otros años eran muy variados, que algunos no eran ni finales en alto, sino en repecho y, sobre todo, que en varios de ellos encontrábamos algún resquicio en forma de puerto -de puerto de los de verdad, no de cotas ni de Cotos- donde los más optimistas depositábamos las esperanzas de ver ciclismo: Haza Llana sí, pero con Purche delante; Cuitu Negru sí, pero con San Lorenzo y Cobertoria; Ermita del Alba sí, pero con Cobertoria… Pero despachar una carrera de tres semanas con una etapa de alta montaña, una CRI de 40 km, varios parciales para los velocistas y un chorro de etapas llanas, quebradas y de media montaña con final en alto, más alto y altísimo es un bagaje muy muy pobre para una Vuelta que se dice, se cree y consideramos Grande.

Quizás, como decía al principio, el próximo 10 de septiembre estemos celebrando la consecución de una magnífica carrera. Fácil no parece desde luego, toda vez que los actores tienen ante sí el guión de un film de terror de serie B.

Análisis de las etapas:

La primera semana es en general bastante buena -raras veces no lo está siendo durante los últimos años-. A la CRE inaugural de casi 30 km. se sigue una etapa para velocistas, con alguna dificultad intermedia y el primer final en alto, el corto pero durísimo Ézaro, precedido de varios puertecillos de segunda. Más quebrada la etapa, aunque peor encadenado en su final, viene el Mirador de Herbeira, también en alto. El cuarto parcial apunta también a sprint en Lugo con algún repechillo cerca de meta, tal vez en el callejeo por la capital gallega. De media montaña será la jornada que acabe en Luintra, aunque los puertos aparentan más de lo que son.

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En la séptima etapa se sale de Galicia para acabar en Puebla de Sanabria con una etapa quebrada que sabe a poco si uno piensa en La Cabrera y, sobre todo, en El Peñón. El sábado 27 de agosto repite La Camperona con un recorrido completamente llano para que los ciclistas vayan tomando carrerilla de cara a los kilómetros finales.

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El domingo regresa el Naranco, todo un clásico, en un recorrido con muy poca chicha.

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Y, ya que hablamos de clásicos, el lunes se asciende a Los Lagos de Covadonga, tercer final en alto y único en toda la carrera con un puerto de primera delante -a excepción de la etapa francesa- El Mirador del Fito que, a menos que lo hayan cambiado de sitio, no encadena demasiado bien.

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Para rematar la faena, tras la jornada de descanso del martes, el miércoles los ciclistas tendrán que afrontar los rigores del Cantábrico camino de Peña Cabarga que, efectivamente, es otro duro final en alto recuperado para la causa, sin mayor dificultad previa en el recorrido que la que los elementos climáticos tengan a “mal” procurar a los ciclistas.

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Del final en Bilbao duele más que el recorrido presentado (algo interesante puede dar de sí el Vivero) el que podrían haber presentado… Así que mejor ni les cuento.

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En éstas llega la 13ª etapa con final en Urdax (Navarra), una magnífica etapa con apariencia de clásica y que no acaba en alto… Que para eso ya tenemos también la del día siguiente, la única etapa de alta montaña de todo el recorrido y que, por tanto, será la reina. El Col del Aubisque recibirá la carrera española después de los ciclistas hayan superado otras tres dificultades por el camino: Inharpu, Piedra de San Martín y Col de Marie-Blanque, rondando los dos primeros la categoría especial y siendo el tercero claramente un primera. La etapa es buena, con grandes puertos, distancia y desnivel acumulado. El problema es que es la única.

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La cordillera pirenaica nos la van a despachar con una etapa de 120 km. (sí, es la etapa completa, no se trata de un primer sector, que “esas cosas” ya no la permite la UCI) entre Sabiñánigo y Formigal, de nuevo media montaña con final en alto… Con lo bien que habría quedado un pequeño homenaje a la QH.

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Ya el lunes, antes de la segunda jornada de descanso, se calmarán los ánimos de los escaladores con una etapa que lejos de ser llana, cuenta con 50 km. llanos en ligero descenso, antes de los últimos veinte planos como la palma de una mano hasta la meta en Peñíscola.

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El miércoles disfrutaremos del único estreno de relumbrón que nos propone la Vuelta en esta edición. Se trata del ascenso al Mas de la Costa en Llucena. Otro cortomatón, es decir, puerto corto y matón que sirve como final de etapa, una etapa que estará jalonada por varios ascensos que por más que cataloguen de segunda no parecen gran cosa.

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Gandía recibirá la penúltima posibilidad para los velocistas, si es que sus equipos aún se ven capaces de controlar una etapa quebrada, sobre todo en su primera mitad.

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De Xàbia a Calp tendrá lugar la única CRI de esta edición. Que la tendencia -o más bien deriva- de las carreras por etapas sea la de reducir las cronos y la de convertir las pocas que haya en breves gynkhanas nos hace recibir esta etapa con agrado, aunque no puede impedir que critiquemos su constante ninguneo. Con Induráin esto no pasaba o, por lo menos, no gustaba.

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El “fin de fiesta” de este año, Aitana, es un buen puerto, largo y sin rampas imposibles, que vuelve tras unos años de ausencia. Para acompañarlo, por la orografía circundante, no se puede más que incluir un buen puñado de puertos de segunda y tercera. Ahora bien, siendo la última etapa cabía esperar más cantidad y calidad en la selección de los mismos.

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Por último, como epílogo a la carrera, la tradicional etapa del Paseo -o paseo, si lo prefieren- de la Castellana.

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